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sábado, 17 de septiembre de 2011

APRENDE A PERDER


Si quieres ganar primero debes aprender a perder. "Es la ley del ensayo-error". Comprueba por ti mismo que no sucede ninguna catástrofe y que el mundo sigue en su sitio.
Aceptar los contratiempos sin lamentarse ni quejarse nos hace madurar en este sentido y nos daremos cuenta de que perder no significa fracasar, si no que solo es un paso mas que hemos avanzado hacia el objetivo deseado.
Así son las cosas en este mundo por más que tú te enfades, deprimas o llores y todo seguirá estando bien, si no condicionas tu estabilidad, reputación y felicidad al hecho de ganar sistemáticamente. Ganar conlleva saber capitalizar fracasos y pérdidas. Además, ¿Quien soportaría la monotonía y al aburrimiento que supondría para una persona ir galopando por la vida como caballo ganador desde el nacimiento hasta la muerte?.
   No eres más porque tengas más éxito ni tampoco tienes más razón.
Como bien dice Benavente, "los náufragos no eligen puesto", y en muchas ocasiones no somos responsables del fracaso ni del éxito. Esto no implica que no haya que reconocer que el tesón y la disciplina y tener unos objetivos muy claros conduce muchas veces a tener unos buenos resultados, pero ¡no siempre!. Pretender ganar siempre conlleva estrés y pretender un imposible, y solo debería hablarse con propiedad de fracaso si una persona que comete errores y fallos más o menos graves, se refugia y encierra en el lamento y no es capaz de convertir los errores en experiencias, en gotas de sabiduría para no tropezar en la misma piedra un nuevas ocasiones.
Hay algo que delata siempre el fracaso sin remedio y el el lamento, la queja, el inmovilismo y, además, la facilidad con que se cagan las culpas sobre espaldas ajenas o sobre circunstancias adversas. Cada fracaso importante suele encerrar una enseñanza o lección que necesitamos con urgencia.
El que acepta esto procura ganar cuando puede y le encanta a hacerlo, pero también sabe es sentierse bien cuando pierde, porque no ignora que no hay pérdida sin ganancia.
La experiencia y los años me han enseñado que el rasgo que define mejor a una persona es, además de no necesirtar desesperadamente ganar siempre para sentirse bien, la capacidad de ver en cada decepción o fallo un poderoso estímulo, un acicate para intentarlo de nuevo y proponerse metas más difíciles con mayor voluntad y coraje.
A todo esto hay que añadir la sabiduría de los siglos, que es muy clara en el tema que nos ocupa, y afirma que al éxito se llega a través de miles de fracasos y desaciertos, que sin audacia, tesón e inteligencia no hay posibilidades de conseguir objetivos  importantes, salvo que suene la flauta por casualidad, nos toque la lotería, o vaya delante de nosotros un santo haciendo milagros...
Finalmente, no nos olvidemos de la paciencia que es el ungüento maravilloso que todo lo facilita y suaviza. Tiene razón Amado Nervo al afirmar que "la mayor parte de los fracasos nos vienen por querer adelantar la hora de los éxitos"...¡¡Paciencia!!!
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domingo, 24 de julio de 2011

El niño juega, el adulto fantasea


El juego en el niño es una de las fuentes de placer, que le permite crearse un mundo propio o, más exactamente, situando las cosas de su mundo en un nuevo orden, grato para el. El niño toma muy en serio su  juego y dedica en él grandes efectos. Para jugar necesita desprenderse de la realidad concreta. Esto no significa que ignore la realidad, ya que en el juego siempre toma un objeto, un elemento de la misma para jugar.
El adulto, por varias razones, cesa de jugar; renuncia, aparentemente, al placer que extraía del juego. Sin embargo, todos sabemos que nada nos resulta tan difícil como la renuncia a un placer que ya hemos saboreado alguna vez. En realidad, no podemos renunciar a nada, no hacemos más que cambiar unas cosas por otras. De ahí que el adulto no abandona la ganancia de placer obtenida con el juego de la infancia, si no que aplica una sustitución: no "juega" ya como un niño, sino que "fantasea". Hace castillos en el aire, crea ensueños, sueños diurnos.
El fantasear de los adultos menos fácil de observar que el jugar de los niños. Desde luego, el niño juega también solo, aunque -a veces- a pasear de que no ofrece sus juegos como un espectáculo, tampoco se los oculta a los mayores.
A diferencia que el niño, el adulto se avergüenza de sus fantasías. Tanto se avergüenza que se las guarda y hasta prefiere sentirse culpable por ellas, las considera una cosa intima y personal. Una cuestión común de observar en la consulta de un psicoanalista es que el paciente fantaseando permanentemente le quita espacio a la realidad para poner en ella sus fantasias. Pero, más allá de esto y pese a tal vergüenza y al encubrimiento que genera, la fantasía del adulto es la continuación del inocente juego infantil. El juego de los niños es dirigido por deseos, en particular por el deseo de ser adulto. El niño juega siempre a "ser mayor", imita en el juego lo que de la vida de los mayores ha llegado a conocer, pero no tiene ningún motivo para ocultar ese deseo. Como decía, no pasa así en el adulto, éste sabe que de él no se espera ya que no juegue ni fantasee, menos aún que satisfaga en secreto deseos prohibidos, si no que actúe en el mundo real. Para fantasear no necesito la realidad, por lo tanto cada vez que fantaseo soy un ser aislado que inventa una realidad que no existe. Existe también una relación entre los sueños y las fantasias. El hecho de que nos sea casi siempre oscuro el sentido de nuestros sueños obedece a que también nocturnamente se movilizan en nosotros deseos que nos avergüenzan, al igual que los sueños diurnos, que tan bien conocemos.
La fantasía es la más intima y secreta de las creaciones de la mente en vigilia.

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